LA TAXISTA SOLIDARIA

POR MARLON ZAMBRANO / FOTOGRAFÍA MICHAEL MATA

Lo sorprendente no fue que nos dejara la carrerita en 20.000, que era lo único que llevábamos encima para atravesar el Centro de la ciudad a media noche, sino que de un golpetazo a la guantera lograra espantar al trillón de chiripas que hormigueaban nerviosas por el interior del taxi, como una jauría hambrienta, husmeando los resquicios oscuros y las superficies más visibles del carro.

Eran unas bichitas ennegrecidas que se desplazaban a sus anchas sobre la piel mustia de los asientos y se lanzaban desde la perilla de la palanca de cambios, haciendo calistenia sobre una arepa mordida hasta la mitad, como si vivieran sus particulares fiestas patronales. Una escena extraña y medio apocalíptica, en una Caracas que se presta para los episodios más sombríos en su lógica de escenario ficticio.

Hubo un instante de tensión innecesario: desde el momento en que le preguntamos al primer chofer echado sobre el respaldo de su asiento de piloto hasta que desembocamos sobre la muchacha, se nos fue apelotonando en el pecho esa sensación de abandono y traición que trepana a cualquier venezolano a la hora de preguntar el precio de lo que sea.

Haciendo fila india a un costado de la avenida México, pasadas las 12, los taxistas parecían deformes mancebos que retozaban con su primer sueño y esperaban con desgano a cualquier víctima taciturna. El primero pidió 40.000, el siguiente 35, el otro 30; hasta que nos lanzaron en sus brazos deteriorados, de no más de 30 años, fumando como una expresidiaria carente de color en la piel y en el espíritu. Abandonada, pero esperando salvación.

Se nos presentó con cara de pocos amigos y, en una operación rápida y efectiva, arrancó el carro con brusquedad de camionero. Su x, un bebé inmenso, que dormitaba atravesado en el asiento posterior y del tamaño de un hombre de metro y medio, nos convenció de que lo que le apremiaba era la angustia existencial.

¿Qué edad tiene?

2 años respondió seca y distante.

¡Muchacha! ¿Y todavía lo amamantas?

Una semisonrisa le atravesó el rostro y, con ella, la sensación de que, al final, íbamos todos amorochados en esa travesía azarosa en la que andamos los sobrevivientes de la ciudad, atravesados por la daga del desencanto.

Poco a poco, como cuidando de una frágil estatua de porcelana, su Renault
Twingo atravesó las avenidas esquivando, por igual, baches y semáforos y, antes de llegar a destino, nos confirmó lo que cualquiera hubiera sospechado sin demasiada astucia: en el día es maestra de preescolar, pero en las noches se rebusca ruleteando para redondear la austera quincena con la que alimenta a su pandilla compuesta por un marido que trabaja en lo que puede y la ayuda en casa y a otro carajito, que esa noche descansaba a resguardo con su padre.

La ciudad está hecha de jirones y su epicentro es un corazón sangrante que, de vez en cuando, late perezoso y, a veces, se desboca como caballo salvaje.

Si me hubiera confesado que era una exadicta en rehabilitación la habría acompañado en las embestidas de su síndrome de abstinencia, pero se trataba apenas de un ama de casa en vela, cruzando la ciudad en su bólido de plata para subsistir, que de alguna manera también es un síntoma de sobriedad.

Al dejarnos frente a casa, el vehículo farfulló un rugido de bestia moribunda, para finalmente desfallecer con las heridas mortales de la noche agujereada por el rumor esotérico que, a esas horas, aplasta la quietud de Santa Rosalía.

Decidimos hacerle compañía por largo rato, hasta que el tratamiento de reanimación por agua hizo efecto sobre la maquinaria muerta de muerte accidental. Tras encender el vehículo y cantarnos sus premuras de supervivencia, se internó de nuevo en las penumbras de esa Caracas de Dios, donde abundan proscritos y solidarios.

ÉPALE 343

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