“POR AQUÍ PASÓ BENNY MORÉ”

 

EL TEATRO ALAMEDA DIO LUGAR A UN ENCUENTRO DE MUCHOS ELEMENTOS, COMO ENTIDADES Y CADENCIAS QUE MANTIENEN UN IMPULSO INVETERADO, AL IGUAL QUE NUESTROS CUERPOS. LA MÚSICA, EL TEATRO, LA DANZA, LA GENTE Y TODO LO QUE SE PUEDE DECIR A PARTIR DE UN SENTIMIENTO DE CONEXIÓN PREVIO A LA RAZÓN. O, SIMPLEMENTE, BAILAR

POR ARGIMIRO SERNA / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Desde siempre, el teatro Alameda de San Agustín ha sido un espacio para el sincretismo cultural. Aunque no deja de introducir la complejidad que nos define, ya sé que esa frase se ha hecho todo un ícono picado por el cliché. Así que, en términos más claros, San Agustín, como parroquia central de una ciudad multiétnica e igualmente diversa en términos económicos, rodeada de espacios con fuerte sentido de pertenencia (en unos casos), o que carecen por completo de él (en otros casos), una vez que compuso en fulía una identidad propia, y la mantiene con contumacia, cuenta con un espacio propio para la comunión donde se puede resolver esa complejidad que nos conforma, al menos durante un rato. Muchos eventos alternativos, alternantes, articulantes, a veces institucionales en otros tiempos más silvestres, siempre políticos se dan en ese teatro construido durante la gestión de Medina Angarita. Abandonado durante años como depósito y recuperado hace menos de una década, el Teatro Alameda ahora propicia un encuentro algo más amplio que el que sucede entre un público y sus artistas.

El baile femenino y la presencia masculina se integran en el escenario

En este caso, se sucedió un encuentro entre dos pueblos afines del Caribe. O, más exactamente, entre dos identidades que se conocen previamente, durante un momento muy especial de toda la historia de la expresión humana, a veces evidenciado desde el caminar. Es como un código que se trasmite desde la más profunda invitación al goce, propuesta y promesa de satisfacción temprana y caótica para quien se atreve a vivir. Un espacio para el desenvolvimiento de dioses, de musas y hasta de argumentos en un nivel de percepción que viene siendo, más bien, un ritmo durante el cual muchos cuestionamientos se suspenden mejor que con alcoholes y sustancias. Es algo que no comparten todos los latinos ni, menos aún, ningún horticultor de conceptos académicos, por avanzados e izquierdosos que sean, allá en Asia, Europa o gringolandia. Un impulso de expresión que, por llamarlo de alguna manera para que se haga consciente ese impulso lúdico, kinestésico, humano, dérmico, sudoroso, que no por eso sin glamur, le decimos danza asincopada. “Baile” seguramente sea el término convenido desde que australes como Julio Cortázar, gringos desobedientes como Henry Miller e hiperbóreos como Friedrich Nietzsche hicieran metáfora con ese término para declarar el anhelo o aspiración de lograrlo algún día: ese bailar asincopado, como aquí sucede de manera salvaje, o silvestre, como prefiero llamarlo.

Color, danza y son: rasgos del grupo

NOTORIA MANIFESTACIÓN

A diferencia de otras culturas, cuyas reuniones se pueden prestar a conspiranoia, la comunión de esta cultura del bailar y hasta caminar asincopado es evidente. Simplemente, cuando vienes a ver, todo el mundo está bailando y le sucede hasta al novio gallego de la estudiante de sociología del barrio: ahí, ahí, como puede, pero no se queda atrás. Que esa manifestación ha de implicar una forma de pensar es uno de los temas que, como ese intelectual que terminé siendo, me obsesiona (de verdad que aspiraba otra cosa, pero ¡qué carajo!). Sé que no es nada original. Desde Nietzsche ya se dijo todo lo que tenía que decir algún ilustrado, yo solo recuerdo que esa curiosidad por validar otra forma de pensar apareció, con su sensación recurrente, este lunes en que pudimos presenciar un cuerpo de baile de mujeres con cuerpo de baile propio. Ya saben: cubanas de diversos colores, todas con experiencia bailando, aumenta la potencialidad del término cuerpo; así que uno lo repite. Desde que salieron esas mujeres al escenario lo transformaron en océano para ellas olas (sí, ellas holas). Un océano donde el agua estaba conformada por la música polifónica y multirrítmica ejecutada con todos los elementos que hace unas décadas invadieron al mundo, de tal manera que todavía nos preguntamos cómo fue que no lo terminaron de cambiar.

UN RASGO CULTURAL ENTRE CUBA Y VENEZUELA. NO ES LINGÜÍSTICO, SINO CORPORAL, FÍSICO. Y SE SIENTE. NOS DEFINE ANTE EL RESTO DEL MUNDO. ES UN CÓDIGO DE COMUNICACIÓN CARIBEÑO

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Después de las bailarinas siguieron unos jóvenes más bien actores con una sencilla coreogafía y una gestual que representaba un cortejo pintoresco y juvenil. Por mi tradicional condición sexual mi evaluación del baile siempre tendrá un sesgo, pero la mayor presencia corporal de las mujeres denotaba la preponderancia de la expresión femenina en Cuba. Como sea, la belleza caribeña y la picardía se explayaron frente a su público efervescente, al son que retoman con un estilo que se puede llamar salsa-son. La ejecución de los músicos pareciera perfecta y la voz de los cantantes no hubiera necesitado ese innecesario aparataje, cuya principal intención pareciera ser desconchar la pintura del teatro a fuerza de vibraciones sonoras.

YO TE DECÍA, LA MÚSICA… PERO ¿DE CUÁNDO?

Sobre el estilo musical siempre acecha la polémica del pensamiento silvestre, o sea, el pensamiento que siempre se renueva. Como el pensamiento de la música (que, a su manera, al igual que el baile, es una forma de pensar), donde los términos con que se le clasifican tienden a encamisarse en la moda. Sea música caribeña, afrocaribeña, pop latino, salsa-son o salsa-ton, el grupo Azúcar Negra ensambló con el elenco coreográfico de Rafael Hernández un show de Cabaret Parisien, denominado así por vaya usted a saber cuál especialista. Claro que en la particular manera de percepción de un discrónico, después de que uno de esos cantantes interpretara Mata siguaraya de Benny Moré, y la notara como del mismísimo Benny o, incluso, de la interpretación que hiciera Oscar D León, por admiración verdadera del icono de esa cultura, en ese concierto que dio en la isla. Ese que, lamentablemente, después renegó por presión de los Cisneros en su ridículo juego anticastrista, pero que todavía hoy, cada vez que lo vuelvo a ver gracias a las tecnologías modernas, sigue pareciendo que nunca va a terminar, con ese ritmo vertiginoso del descollante caraqueño de Antímano, cuando hizo homenaje al sonero mayor de Cuba con una de las impetraciones más largas y deslumbrantes de toda la gama contracultural de la época. Un concierto a prueba de renegados, como esta cultura que se siente al caminar y transgrede hasta la perversión. Una cultura que se extiende como enredadera y, a veces, se eleva en el tallo que alcanzó luz solar en el poema de Víctor Valera Mora, con el cual título este artículo, por la declamación que hizo el actor Machuca de ese evento. Por aquí pasó Benny Moré, me dije mientras el actor declamaba y, luego, en la canción, comprobé que la potencia de esa cultura sí cambió mucho, porque un grupo de más de 20 años tiene su espectáculo, un poco adverso para mí, que comparte símbolos con esta generación de pantalones con la que no se puede caminar y, al mismo tiempo, conectar con los ancestros.

Los bailarines jóvenes disfrutaron su espectáculo

TALENTO, TRAYECTORIA Y ADAPTACIÓN COLECTIVA

La popular agrupación cubana Azúcar Negra nació en el año 1997 cuando su director, Leonel Limonta, decidió separarse del grupo Bamboleo, junto a Haila Mompié y otros músicos. Desde entonces interpretan, con ejemplar destreza, géneros tan diversos como merengue, cumbia, bolero, bachata y balada. Abarcan todo el espectro de ritmos caribeños, desde Colombia hasta Puerto Rico, convirtiéndose en representantes de la cultura que rezamos al caminar. Gran parte de su repertorio son canciones compuestas por su director, quien también tiene en su haber la experiencia de haber compuesto para grandes orquestas como Aragón y
Ritmo Oriental.

Está agrupación cuenta con cuatro vocalistas líderes apoyados por una sección rítmica, muy clara y efectiva, de bongó, batería jazz latina y una cuerda de metales, más dos teclados. Lo que me pareció muy curioso, pero claramente estratégico cuando quedé atrapado en esa andanada musical. Precisamente, en la concentración de la base rítmica se percibe la influencia del jazz latino del director. El vigor escénico y la juventud vocal, los movimientos sugerentes y la capacidad de improvisación de sus vocalistas se combinan con la experiencia y los conocimientos del director Limonta. También la sabiduría popular cubana que supo, aunque tampoco le quedó de otra, infiltrar el tropical dance con su potencia expresiva. Su ingenio vivaz y la generación del rap le dan ese toque avasallante, del cual salí exhausto.

El Teatro Alameda albergó la explosión afroantillana

Desplegando la alegría que nos caracteriza en el Caribe se dio una comunión de pueblos que ancestralmente, más allá de las diferencias ideológicas incluso por sobre los rigores de una lucha planteada que en forma de vanguardias, de uno y otro bando, tienen a bien permitirnos en sus apremios y afanes, decía todavía se puede, porque parece imposible evitar que el espacio público dé lugar a la comunión general de nuestra complejidad. Y esto, quizá, jamás deje de suceder. Un encuentro con excelentes músicos avocados a la pasión de alegrar al público, mientras diez bellas bailarinas engalanaron la tarde de un lunes en el que, por ellas y la música donde nadaban, este despreciable ermitaño pudo recordar algunos temas y, después, olvidarlos rápidamente.

LA GRAN DIVERSIDAD DE RITMOS QUE ESTA ORQUESTA DOMINA CON ORGANICIDAD TRANSMITE UN VALOR DE INTEGRACIÓN Y CREACIÓN, QUE PUEDE SOBREVIVIR A LA INERCIA DEL SHOW

Sí. Por aquí pasó Benny Moré y le puso candela a todo lo establecido en la canción de Vicente Salias y Juan José, por contraste, por cambio necesario en la formas. Pero luego han pasado muchas cosas más, que necesitamos esclarecer, para saber por qué se considera sensual cantar agachaíto cuando cualquier posición mínimamente erguida puede seducir sin distraer la comprensión. Entonces, entendí que todos estos elementos no terminaron de cambiar al mundo y a nosotros nos tocan, otra vez, cada día, en la vida cotidiana.

La gracia de las bailarinas combinó seducción con alegría

ÉPALE 343

 

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